El domingo, millones de personas van a mirar la final del mundo. Verán una selección con un plan de juego, jugadores de jerarquía y una idea clara. Pero si algo demostró el cuerpo técnico argentino durante todo el torneo es que una final no se gana sólo con una estrategia.
Se gana con la capacidad de interpretar lo que el partido necesita, antes o durante el encuentro.
Un cambio de ritmo, un espacio que aparece, un rival que modifica su planteo o un jugador que ya no puede sostener la intensidad son señales. Y las señales hay que saber escucharlas.
Eso es la escucha activa: no quedarse con la primera impresión, sino entender qué está pasando realmente para tomar la mejor decisión.
